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The one that got away {Ozzie McKay}

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The one that got away {Ozzie McKay}

In another life
I would be your girl
We'd keep all our promises
Be us against the world.

¿Tres minutos? ¡¿Tres minutos?! ¿Cómo podían prentender que Alex se sentara allí, tranquilamente, intentando que sus pensamientos paranoicos no la volvieran loca?
Una infinidad de cosas podían ocurrir en tres minutos, ¿De acuerdo? Un incendio podía propagarse en tres minutos, personas podían morir y regresar de la tumba. Y, claramente, la jovencita podía perder completamente la cordura en esos breves pero tortuosos ciento ochenta segundos.
Una infinidad de posibilidades se trazaban en su mente, dibujos incompletos que no llegaban a completarse por el más puro de los miedos. La muchacha que solía llevarse el mundo por delante, que balanceaba el eje del universo sobre su dedo y cambiaba las leyes a su gusto, antojo y capricho ahora caminaba de un lado a otro en el pequeño departamento, cual león enjaulado, intentando distraerse y evitando la puerta entreabierta del baño a como diera lugar. La Alex irreverente e irrespetuosa, que aun vivía dentro de aquél pequeño manojo de nervios, ahora estaba reducida a una niña que esperaba algo demasiado grande para ella.
De acuerdo, de acuerdo, tal vez ni siquiera era algo tan serio. Probablemente estaba equivocada y aquél miedo que llegó a paralizarle el corazón fuera tan sólo una leve exageración de los hechos. Probablemente se estaba preocupando demasiado, probab...¿Por qué demonios Oz no había llegado aún?
Porque, no es como si fuera un técnico nuclear, ¿Verdad? Desde que ambos se graduaron de Hogwarts hace apenas dos breves años, Oswald había conseguido un puesto bastante prestigioso en su banda, tal y como siempre había deseado. Y usualmente Alex estaba feliz por él, asistía a sus conciertos y hasta le ayudaba con letras de nuevas canciones en momentos donde la inspiración de su pareja escaseaba...mas en ese momento, con el estrés y la preocupación carcomiendo sus nervios como un parásito que te quita la vida de a poco, no podía detenerse a apreciar el talento del muchacho que alguna vez había pertenecido a la casa de las serpientes.
Tan sólo podía pensar en que un par de acordes y tres canciones fracasadas no podían llevarle tanto tiempo, ¡Se supone que debía estar ahí! Se supone que debía atravesar la puerta y su presencia debería otorgarle a Alex una especie de remedio instantáneo, una tranquilidad por la que anhelaba y una respesta hacia todas las incógnitas que se agolpaban detrás de su cabeza, creciendo y amenazando con estallar y hacerle perder los estribos.
En ese momento odiaba absolutamente todo; su estúpida incapacidad de congeniar con las féminas. Todos sus inútiles amigos y sus (aún más inútiles) genitales jamás podrían entender ni explicar lo que le estaba ocurriendo. Sus primas mujeres no eran una opción, por supuesto, ya que prefería atascar su lengua contra la puerta de un automovil que pedirle consejos a la asquerosa vívora rubia con la cual compartía vínculos sanguíneos.
Odiaba a Oz y a los estúpidos condones baratos que acostumbraba comprar. Odiaba cosas que jamás había odiado, como el polvo y la acumulación de cosas como platos sucios, envoltorios de golosinas y botellas vacías de cerveza que solían compartir a todas horas. Odiaba, detestaba con todas las fuerzas de su ser, el maldito baño y sería capaz de arrojarle un bombardeo si tuviera su varita cerca.
Odiaba tanto a Oz que era desesperante.
Al fin y al cabo, todo esto era su culpa. Suya y de su masculinidad, y él era el que merecía ser castigado, no Alex.
...sin embargo, luego de desperdiciar alrededor de quince minutos acomodando el caos de la cocina, limpiando los platos y básicamente matando el tiempo yendo y viniendo con pasos ligeros y maldiciones entre los dientes alrededor de aquél desesperantemente pequeño apartamento que hasta hace un par de días era el mejor sitio en todo el mundo y que ahora se había convertido en su propia celda personal, Alex decidió representar los colores de una casa a la cual nunca había pertenecido y actuar como los valientes leones que el mundo tanto admiraba.
No podía seguir esperando a que Oz llegara como un perro faldero a por su dueño, por lo que resopló con fuerza, llevándose ambas manos al cabello y revolviéndolo frenéticamente antes de encaminar los pequeños pasos furiosos hacia la famosa, trágica y maldita puerta entreabierta del baño.
Todo estaba exactamente igual a como lo dejó, como si esos minutos de completo desquicio mental no hubiesen existido, como si el tiempo se hubiese detenido súbitamente y todo lo que existía en ese momento era Alexandra y el destino que debía afrontar. Las manos temblorosas sostuvieron el pequeño, delgado artefacto que contenía la decisión que debía afrontar, y era ridículo el siquiera pensar cómo su vida estaba girando en torno al arbitrario resultado de una prueba de embarazo. No obstante, continuar aplazando algo tan inevitable no iba a servirle de nada. Y ese pensamiento, tan lógico e impropio de ella, fue lo que la guió a abrir los ojos y girar el artefacto hasta que la respuesta, ya tan obvia en su mente y cuerpo, apareció frente a las incrédulas pupilas verdes...
Por supuesto que entonces Oz tenía que llegar. Porque cinco minutos antes hubiera sido demasiado pedir. Por supuesto que el muy idiota llegaría en ese preciso momento, cuando ya era tarde, empujando la puerta y presumiendo cuánto éxito su nueva canción había tenido durante los ensayos, y predicando el próximo bar de mala muerte donde tocaría el fin de semana y, por supuesto, Alex estaría en primera fila, porque era tan idiota como él, y estaba enamorada.
Y jamás se había sentido más feliz de oír su voz.
La ansiedad, la expectativa y el miedo que habían dominado su ser hasta hace apenas minutos atrás, se habían desvanecido para convertirse en entusiasmo al leer la prueba real de lo que estaba ocurriendo en su cuerpo, de lo que ella estaba creando en su ser, con la ayuda de su mejor amigo, pareja y alma gemela.
¿Cómo pudo si quiera pensar que un bebé era algo malo? ¿Cómo podía importar algo tan trivial como su edad, dinero o empleos? ¿Cómo pensar en esas trivialidades cuando, lo único real, era que un bebé estaba en camino? Un bebé que seguramente tendría los enormes ojos verdes de Oswald, y la sonrisa ancha y encantadora de Alex. Un bebé que llegaría para iluminar su vida y darle un nuevo significado a todo.
Cuando alzó la mirada hacia el espejo del baño, encontró dos detalles que no estaban ahí antes; la primera, una amplia, ancha y honestamente feliz sonrisa en las facciones de la jovencita castaña, entusiasmo en sus ojos y latidos acelerados por la expectativa. ¿Y la segunda? Un muchacho de aspecto desalineado, con barba rubia, cabello despeinado y expresión incrédula viendola desde el umbral de la puerta. Ese hombre con ojos esmeralda que se desviaban furtivamente hacia el objeto que reposaba en sus manos, anunciándoles que la prueba había resultado positiva.
Oz y Alex. Siempre habían sido así. Una pareja desde antes de que pudieran siquiera notarlo. Sus nombres se habían convertido en uno; llamados así por los profesores cuando se buscaban los peores castigos. Por sus amigos, ya que era imposible encontrarlos separados. E incluso por sus propios padres.
Oz y Alex iban a ser padres. Y la realización de ese hecho fantástico, que impactó en su pecho y llenó su sangre de adrenalina, le obligó a soltar todo lo que pudiera tener entre sus pequeñas manos y echarse a los brazos de su primer amor. Le envolvió el cuello con sus brazos y la cintura con sus piernas, saltando sobre él con toda la energía y el entusiasmo que esta nueva oportunidad les ofrecía, al futuro que apenas se estaba abriendo frente a ellos.
Y, entre risas ahogadas, besos desesperados y comentarios inentendibles por el alboroto propio de la emoción del momento, Oz y Alex comenzaron a planear su futuro de la forma menos esperada.

Mensaje por Alex Van der Crainevers el Jue Dic 18, 2014 1:33 pm

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